Desobediencia soft
Odio el arte como pura conservación y como puro mercado. Maten al autor de una vez –desde hace medio siglo se escuchan sus estertores– o, en su defecto, a la institución.
Otra cosa muy molesta de los museos y salas de exposición es la presencia de vigilantes que te respiran en la nuca. Y se notan muchísimo más en uno pequeño al que no va ni cristo. Cambias de sala y alguien se te pone a respirarte en la cocorota. Experiencia maravillosa, increíble, sobre todo relajante, qué ganas de volver.
Que sí, que es gente haciendo su trabajo, no les culpo. Pero desde luego ahí hay un problema: el concepto sistémico y fundacional de que el ser humano es egoísta por naturaleza, de que nada bueno puede salir de un mundo sin vigilancia y castigo (¿acaso los que vigilan y castigan no son también seres humanos y por tanto sería ilógico que tengan en sus manos el poder de la vigilancia y el castigo porque lo usarían de forma egoísta?).
Lo que está claro es que hasta este tipo de "desobediencia soft" pone de manifiesto el poder que tenemos. Basta con estar en un lugar y "saltarse" las normas que no están explicitadas y que no tienen realmente ninguna consecuencia dramática para evidenciar el autoritarismo, prejuicio y fragilidad de ese lugar, así como el poder subversivo que tenemos.
Como anécdota extra, fui al Reina Sofía acompañado y una amiga decía que quería ver un cuadro más de cerca, que no apreciaba los detalles y el cuadro le parecía precioso. Así que le propuse que nos acercásemos, a pesar de que todo el mundo estaba dejando un solemne gran espacio con la obra. A pesar de no ser un acto violento –y de ir a favor de la apreciación estética que todo museo debería promover– se sentía la tensión en el ambiente, en mi cuerpo, el de mi amiga y, finalmente, en el vigilante que nos reprendió. Nos dijo que no podíamos estar tan cerca del cuadro, le pregunté que por qué y contestó "imagínate que te dan un empujón y le das al cuadro". El cuadro vale más que mi integridad, ojo. Y al parecer la gente en los museos se empuja bastante estadísticamente a pesar de no haberlo visto en mi vida. Total, que le terminé diciendo "vale, ¿a qué distancia debemos ponernos?". Evidentemente no supo contestar con exactitud, pero no le insistí porque es un señor haciendo su trabajo y no tengo razones mayores para seguir con el tema. Pero bueno , esta "desobediencia soft" la siento adecuada para mí, que no soy muy valiente para estas cosas. También me gusta imaginar cómo gracias a la creatividad podemos transgredir normas que ni existen, fabricar una especie de anzuelo que saque a la superficie el discurso implícito en la organización material y discursiva del espacio público y privado.