Desobediencia soft

El otro día fui con un amigo a una exposición en la sala de Arte Joven de Madrid. Molaba por la frescura y la variedad temática y, sobre todo, me gustó que fuera un lugar con algo más de libertad de movimiento para el espectador: puedes acercarte mucho a las obras, caminar entre sus elementos, incluso tocarlas a veces. En una concretamente puedes coger un par de libros, que son parte de la obra, y hojearlos. En comparación con un museo con mayúsculas, desde luego se siente como libertad. Aún así llegamos a la última sala, donde había una obra que trata la cuestión de la contaminación en el caso concreto de la siderurgia en Asturias. La artista filtraba unas aguas contaminadas con ayuda de unos embudos de cerámica fabricados por ella y la huella de la toxicidad era recogida por unas planchas de papel. Los embudos estaban expuestos junto a algunas de estas planchas, pero otras de ellas estaban guardadas en cajones, dos de ellos abiertos para que el mueble tenga esa apariencia viva, usada, informal. Pues adivina qué pasó cuando yo, ilusionado, abro uno de los cajones para ver otra de las láminas. Exacto, subió una persona por las escaleras y con tensión en la voz dijo que no se podía hacer eso. Mi gozo en un pozo. Yo que pensaba que al fin estaba en un lugar distinto, pero no, solo es más "libre" hasta que ya incomodas y la ley de la desconfianza rige. Encima en una obra que usa aguas contaminadas para hacer una crítica. Aguas contaminadas que provendrán de algún vertido de alguna producción muy tóxica por parte de alguna empresa muy capitalista que pone su supervivencia como empresa por encima de la salud de las personas. La obra critica eso, pero no la toques, debe conservarse (porque abrir un cajón, de alguna manera, la desconserva). Dejen al arte ser libre. Dejen que mis obras sean cubiertas de mocos por niños con un deseo irrefrenable de hacerlo, que las grafiteen o las quemen, pero que sean un diálogo real con la gente. Como mínimo preguntad al artista qué límites quiere poner y colocad un cartelito con sus preferencias, informad con carteles lo que se puede y no se puede hacer, para que la gente elija. Pero no ocultéis las normas para ir de modernos y rompedores.

Odio el arte como pura conservación y como puro mercado. Maten al autor de una vez –desde hace medio siglo se escuchan sus estertores– o, en su defecto, a la institución.

Otra cosa muy molesta de los museos y salas de exposición es la presencia de vigilantes que te respiran en la nuca. Y se notan muchísimo más en uno pequeño al que no va ni cristo. Cambias de sala y alguien se te pone a respirarte en la cocorota. Experiencia maravillosa, increíble, sobre todo relajante, qué ganas de volver.
Que sí, que es gente haciendo su trabajo, no les culpo. Pero desde luego ahí hay un problema: el concepto sistémico y fundacional de que el ser humano es egoísta por naturaleza, de que nada bueno puede salir de un mundo sin vigilancia y castigo (¿acaso los que vigilan y castigan no son también seres humanos y por tanto sería ilógico que tengan en sus manos el poder de la vigilancia y el castigo porque lo usarían de forma egoísta?).

Lo que está claro es que hasta este tipo de "desobediencia soft" pone de manifiesto el poder que tenemos. Basta con estar en un lugar y "saltarse" las normas que no están explicitadas y que no tienen realmente ninguna consecuencia dramática para evidenciar el autoritarismo, prejuicio y fragilidad de ese lugar, así como el poder subversivo que tenemos.

Como anécdota extra, fui al Reina Sofía acompañado y una amiga decía que quería ver un cuadro más de cerca, que no apreciaba los detalles y el cuadro le parecía precioso. Así que le propuse que nos acercásemos, a pesar de que todo el mundo estaba dejando un solemne gran espacio con la obra. A pesar de no ser un acto violento –y de ir a favor de la apreciación estética que todo museo debería promover– se sentía la tensión en el ambiente, en mi cuerpo, el de mi amiga y, finalmente, en el vigilante que nos reprendió. Nos dijo que no podíamos estar tan cerca del cuadro, le pregunté que por qué y contestó "imagínate que te dan un empujón y le das al cuadro". El cuadro vale más que mi integridad, ojo. Y al parecer la gente en los museos se empuja bastante estadísticamente a pesar de no haberlo visto en mi vida. Total, que le terminé diciendo "vale, ¿a qué distancia debemos ponernos?". Evidentemente no supo contestar con exactitud, pero no le insistí porque es un señor haciendo su trabajo y no tengo razones mayores para seguir con el tema. Pero bueno , esta "desobediencia soft" la siento adecuada para mí, que no soy muy valiente para estas cosas. También me gusta imaginar cómo gracias a la creatividad podemos transgredir normas que ni existen, fabricar una especie de anzuelo que saque a la superficie el discurso implícito en la organización material y discursiva del espacio público y privado.